Walk
Confía en mí, yo sé lo que hago —te había dicho.
Y tú cerraste los ojos y lo seguiste.
Ella no sabía si debía seguirle, pero algo andaba mal en esa mirada, en esos ojos de retina roja.
—Pero sería mejor que no confiaras en mí, en serio —dijo.
El viento seguía corriendo. Hacía tanto frío que no tenía sentido quedarse parados ahí. Cerraste los ojos y pensaste que quizá podría tener razón, en algo, en algún momento.
Caminas con los ojos vendados confiando a ciegas en un tipo contradictorio al que sin embargo ves darse vueltas en círculo como si buscara algo que olvidó hace mucho pero que pareciera tener en la punta de los ojos como quien dice. Daba vueltas alrededor de las casas y tú mirabas desde un poco más lejos, lista para correr en dirección contraria de ser necesario.
Las vendas que se van cayendo (una a una) te dejan asombrada por todo el color que había del otro lado. Tanto, que no notabas que demasiado anaranjado también suele ser raro.
No parecía borracho, pero estaba desubicado.
(¿Desde cuándo te dedicas a ser héroe?)
Aun así seguías recorriendo la calle, sintiéndote protegida por ese loco que parecía ignorar que todo alrededor era peligroso.
El viento en esta ciudad solo reparte frío y desdicha,
a menos que tengas los ojos cansados,
como para apreciar tanto gris o como para renegar de la luz.
Anochece más temprano, pero el sol demora en salir…
—A veces siento que estoy un poco loco —te dijo, mirándote en el reflejo de una
luna rota.
—Otras solo siento que soy normal.
Sé que no tiene gracia, pero cuando pienso en ello me siento más tranquilo. Supongo que será porque las luces me joden demasiado. Cuando me siento un poco loco no soy yo el que mira, sino ese alguien.
Y aquí, las luces de neón son tan sugerentes que terminan por señalar todo el camino. Eso termina por sentirse horrible, sobre todo cuando estás arrastrando a una niña azul por la parte más peligrosa de la ciudad.
Ahora solo quisiera que me rascaran la cabeza —finalizó su monólogo.
¿Has pensado en cómo es Lima?
¿O en cómo se llama, quizá?
Es un valle que no termina por inundarse. En ella todas las cosas se escriben grises y los gatos saltan, pero tú no puedes gritar. Hay tantos letreros de hostales y cantinas que no puedes evitar extrañar los faroles de las veredas que adornan tu calle; para ser más exacto, tu ventana.
La niña azul se deja arrastrar por ese loco de ojos rojos. En parte porque está loca también. En parte por la sorpresa que se llevará. En parte porque está llena de cosas que no entiende.
Han salido a Lampa o Abancay. Tú tiemblas por el frío y por el olor a hierbas que brota de cada esquina.
—Confía en mí —te dijo.
Pero ahora él es el primero en estar perdido.
Yo no comprendo cómo puedes ser tan inconsciente (escuchó a su propia consciencia), pero ese pequeño gesto de niña traviesa que a todo se atreve termina siendo el brillo cegador de una ventana que no te refleja; solo escribe tu nombre con letras negras en el suelo.
Caminas sin saber a dónde, esperando que ese tipo medio loco te saque a una pista y te pida alguna recompensa por los servicios prestados…
Así andas tú, pensando en cómo escapar del centro de Lima de madrugada.