La furia de Pachacamac
Las volutas de humo que escapan de tu boca van marcando el camino que toman todas las posesiones demoníacas antes de expresarse en cosas tan banales como la lujuria o los besos sin amor (hay cosas menos excitantes que finalmente terminas por practicar, ¿por qué no besarte si la boca ahora está sedienta de mentiras?).
Yo recorro con los ojos su camino y pienso, atónito, en lo hermosa que eres y en lo raro que me siento por no querer (ni siquiera por un momento) acostarme contigo.
No es falta de ganas. Es otra cosa. (Sarcasmo inútil: te siento tan enrarecida como a Lima. De este modo, todo el humo del mundo se resume en el de los montones de basura quemándose, cerca de los cuales me siento a protegerme del frío, a escapar de los gritos de casa…)
Ritual absurdo el de empezar a enmarcar esto antes de que sea un recuerdo. No tengo ganas de sentarme a pensar en cosas que dejé olvidadas a propósito. Solo te veo a la defensiva y trato de conversar de cualquier cosa mientras escapo al centro de Lima, ciudad laberinto, donde se confunden las cosas y todo termina por ser una preposición para la hora en la que te fijas al sentarte a dejarme morir de aburrimiento, esperando algún evento insospechado.
Dicen que cuando Pachacamac se mueve suceden los temblores. Dicen que Lima era dominio suyo, como toda la costa. Algo me lleva a pensar que últimamente está muy fastidiado, y Lima solo se atreve a dar pasos pequeños para no despertarle... Creo que le funciona, no quiero pensar que Pachacamac ha estado haciéndose el cojudo tanto tiempo.
¿Lo piensas igual que yo o solo estoy desvariando una vez más?
Estamos los dos en la calle, por Kilka. Es de noche (la noche es cómplice, creo que he mencionado antes que todos los gatos de noche son grises...). El humo de tu cigarro se va acabando y yo te miro tratando de verte de costado, como quien dice, haciéndome el huevón.
Tengo la idea tonta de que así no te das cuenta de que estoy fastidiado y con ganas de irme. Como si no supieras ya. Como si no lo olieras.
Piensas. Estás callada. Y yo lo traduzco a mi manera:
“¿Por qué miras así, huevón? ¿Es que estás molesto?”
No debería decir nada, pero aquí estamos.
—Deberíamos comenzar a caminar, ya se está haciendo tarde.
—Ok, vamos...
Y luego nos vamos internando en una noche que nos desincroniza más a cada paso. La calle siempre termina haciéndote pensar que no quieres acostumbrarte a nada (ahora no quiero descubrir que me manejas a tu antojo sin que yo pueda reclamarte algo).
No quiero comprobar si todavía sabes exactamente qué botón tocar, o si soy yo el que sigue poniendo los botones donde puedas alcanzarlos.
Calle de una sola vía. Los carros vienen en sentido contrario y la acera es demasiado pequeña. Tenemos que caminar por la pista, pero las luces nos avisan cuándo apretarnos dentro de la acera, como si la ciudad nos estuviera midiendo el espacio.
Esta vez no aprovecharé para sacar ventaja por ser un poco más alto. No quiero jugar a empujarte contra la pared. No quiero usar el pretexto del tráfico para acercarme.
Estamos de camino a ninguna parte. Eso de ir a la Plaza Francia no es nada en realidad. Podemos sentarnos y mirar cómo la gente va escapando de la madrugada, o de la gente como tú o yo.
“Dicen que si Pachacamac se mueve suceden los terremotos.”
Eso me dijiste (recitaste, invocaste), como repitiendo las letras una por una, con sordina, para que las escuche lentamente, o quizá para que las escuche alguien más (¿?).
Dicen que Lima era dominio suyo, que toda la costa le pertenecía. Y pienso —sin saber si es idea mía o tuya— que últimamente está demasiado inquieto. Dices que todo podría ser, hasta enojarnos una vez más, o hacer que, despreciando a Lima, se enoje Pachacamac para que todo de una maldita vez termine por estallar.
Pero nada estalla.
Ni siquiera cuando aún te apretaba contra las paredes en la vía pública, como si eso fuera un gesto mínimo de desafío, o de algo que entonces parecía importante. Lima ya está acostumbrada al morbo, a los rituales breves, a las repeticiones rítmicas. Nada de nuestro infantil comportamiento le molesta.
No termino de escuchar tu historia. Me parece raro que digas algo tan místico de un solo tirón. Nunca pensé que tú hablarías de un dios viejo y olvidado. Y sin embargo coincidimos.
Tú lo invocas.
Yo lo pienso.
Y ninguno dice que estamos hablando de lo mismo.
Quizá era eso lo que yo no entendía: que tú habías estado hablando de dioses antiguos y yo solo estaba pensando en cómo escapar al centro de todo eso (lugares de presión atmosférica baja...), o por lo menos de la gravedad de tu influencia que terminaba por obligarme a hacer cosas que no quería (a pesar de que ya me hartabas...).
—¿Ves ese chico que pasa allá? Es más guapo que tú… me gusta.
Lo dices sin mirarme del todo.
Yo ya estoy un poco cansado de niñerías. Rumio un:
—Qué bien…
Creo que no terminas de entender, tu cara de ofendida me lo dice, además, nunca he sido tan guapo. No es eso lo que te gustó alguna vez de mí. No es eso lo que buscas.
—¿Ni siquiera te vas a poner celoso?
No sé si lo preguntas en serio o si ya sabes la respuesta, pero ya sabía que dirías eso. Casi pude escucharlo antes de que lo dijeras. No tengo motivos para hacerlo. O eso me repito. Así que me quedo callado.
No pienso dejarme manipular una vez más. Esta vez me iré tranquilo. Sin escena.
—¡Eres un total idiota!
Puede ser (realmente no me importa serlo ahora mismo...)
Luego dices:
—Dicen que cuando Pachacamac se levante será el fin del mundo… eso incluye
Lima…
Yo creo que eso nos incluye a los dos. Pero no lo digo.
Sigo pensando en que no voy a reaccionar como esperas. Ni siquiera poniéndote de esa manera. No quiero acostumbrarme a tus pruebas. Será mejor buscar un motivo para largarme de una vez.
Otro carro demasiado cerca de la acera, me tratas de atraer hacia ti y me suelto (puedo ver la indignación en tu cara, oír en mi mente el “aburrido” que estás pensando).
No he terminado con ese pensamiento cuando te veo tambalearte hacia un borracho cualquiera de enfrente. Supongo que está mucho más tomado que nosotros dos.
Te veo tocarle la cabeza, pareciera una bendición, un rito. Te veo acercarte demasiado. Y en lugar de rabia, siento algo más ligero.
Alivio.
Alivio de no tener que hacer nada.
Alivio de no tener que reaccionar.
Alivio de no tener que luchar conmigo mismo por lo que todavía intento negar.
Estiro la mano como diciendo adiós, casi por reflejo. Volteo para quitarme por el callejón junto a la iglesia.
Es más fácil así.
No sé en qué momento pasó. Solo siento el golpe en la cara, seco, sin anuncio. Veo que me gotea sangre de la boca.
No fue sorpresa. Fue consecuencia.
Una vez más no puedo esquivar tus actos.
Me da rabia. Porque sé lo que esperas:
que haga lo lógico. Lo esperable. Que me imponga para recuperar algo.
No lo hago.
Otro golpe. Y otro más.
No es valentía. Tampoco cobardía.
Es simplemente no entrar.
Es negarme a jugar.
—¿Ves? Es un cobarde que no hará nada, te dije que lo golpeaba.
Lo dice como si eso cerrara algún trato. Como si yo ya no estuviera ahí.
Veo tu rostro desencajado. Confundido. No era esto lo que esperabas.
Eso me da más alivio que los golpes.
Me levanto. Camino dos pasos.
Escucho tu voz:
—¡Tarado!
No me importa.
—¡El otro también!
Volteo apenas. Te veo empujándolo para irte. Me duele la cabeza. Eso sí es real.
—Toma un poco. Te dolerá menos la cabeza.
Me pasas la botella sin mirarme mucho. No preguntas si estoy bien. Tampoco explicas nada.
Bebo.
Arde menos que la sangre.
—Eres un total imbécil. Te dejas golpear solo por darme la contra.
Lo dices casi tranquila, como si hubieras entendido algo, aunque no del todo.
Me siento un total estúpido durante un momento que ya va durando demasiado... Ya ni siquiera sé qué es lo que piensas de verdad, no sé si alguna vez lo supe. Tampoco sé por qué te has acercado de nuevo. Es lo que más rabia me da.
Termino pensando en que aún manejas hilos que yo no veo.
Al final, como siempre, termino exasperado contigo:
—Creo que no volveré a venir contigo aquí de noche… demasiado violento es andar contigo.
Lo digo sin dramatismo.
Nos reímos.
No sé por qué nos reímos.
Me paro. Me duele la cabeza. Me duele menos lo otro.
Pienso: en este momento, la sangre que sale de mi boca es lo único que puedo decir que es realmente mío.
Caminamos un poco más.
—Oye, Luis… al final sabes que te quiero, ¿no?
Lo dices sin ceremonia, como si fuera una frase más.
Miro de costado.
—No te imaginas qué ganas de mandarte a la mierda tengo…
Lo cagón es que no lo hago. No por nobleza. No por miedo. Sino porque no sé si es exactamente lo que deseas. Y estoy cansado de darte lo que esperas.