Culto por hiperdulía
El tiempo ha ido pasando sobre el cadáver inerte de mis frases, como oración o como parafraseo de otros latidos místicos, de palabras litúrgicas o de alguna que otra rima de la misa, para pensar en pedir que me conceda (a algún señor anacrónico que el tiempo convierte en leyenda pagana… quizá en leyenda urbana…) todas estas bendiciones de las que ahora le absuelvo, porque he encontrado alguien más a quien rogarle.
Mi situación es cansina. El altar mayúsculo que he creado, poniendo en un pedestal tu nombre y el sonido de cada una de tus letras, revisando una y otra vez todo este barullo cacofónico, y también asomando mi propia vida por la cornisa en la que, al abrazarme, no me dejes caer, no me dejes caer (alguna vez te contaré del miedo a las alturas que me haces ignorar…), y establece una conexión con el tiempo que llevo sin verte.
Supongo que la angustia que me corroe, como algo que quiero lanzar lejos, es algo así como un síndrome de abstinencia. O como el hecho de no saber si mis oraciones te están llegando a tiempo (y no es que no te tenga fe, sino más bien que no me considero digno) como para esperar tu respuesta.
He tenido que transformar mis ojos rojos en una suerte de caleidoscopio que se obnubila, que se empaña, que sangra. Y tú estás arriba, tan simple, tan ignorándome, que a veces creo que si movieras un dedo sería el fin del mundo, de todo aquello que no esperábamos ver, aunque fuera que te rezo tan demasiado que no tiene sentido.
Has derribado con tu sola presencia todas aquellas imágenes que tenía en un lugar especial. Viven ahora en segundo plano, en el que se llenan de polvo siempre y, a veces (cada vez menos tiempo). Te he dibujado en mis sueños y en mi mente, creo verte en las paredes de mi cuarto y también en el bestiario de aquello que, si existe, no debería tocarse.
Te he imaginado con alas, azules y blancas, y negras y rojas. También te he imaginado cegándome, solo para cogerme de la mano y guiarme de acá al infinito. Te he esperado sentado y parado y estúpido y anacrónico.
Has buscado ser parte de mí y de mis sueños más caóticos, para convertirme a tu secta, para establecerme, de una vez y para siempre, la alabanza a tus heridas abiertas (por mí), a tus lágrimas como pétalos de sal y a una que otra herejía tierna. Como ponerte encima del universo, o como esperarte sentado aunque el mundo esté derrumbándose alrededor de mis cuentos y de esta sensación de felicidad que me conceden tus milagros (y tus besos y tu cuerpo, y también la sangre que compartimos como si fuéramos solamente una entrega separada por casualidad…).
Ahora que he confesado mi origen pagano una vez más, espero el perdón de todas las herejías anteriores a ti y de todos los sueños anteriores a este silencio, de este anacrónico, perdido y caótico culto por hiperdulía que te concedo, que establezco, que practico por ti.