2026FICCIÓN

Canela Re-edición

Escrito por Luis

Canela Re-edición

Cuando me desperté estaba besándote, tus labios húmedos sabían a canela, y me trajo recuerdos de cigarros oscuros en un atardecer púrpura, de garúa limeña, mientras me escondía de la seguridad con la cara descubierta, en esta luz limeña que se apaga y me devuelve a contar tus lunares a solas.

Empecé a besar tu cuello, te sentí apretarte contra mí, tu cabeza hacia atrás, tus manos en mi cabello empujando mi cara más profundo, ahogándome en silencio, bajé mis manos hacia tus caderas, pero ahí estaba tu ropa.

Me detuve por un segundo y acaricié tu espalda, tu piel era una sensación intensa y nueva, desde ahora, todas las cosas suaves serán este momento exacto. Recorrí la astrología de tus lunares con mis dedos, despacio, sintiéndote respirar más rápido.

Seguí el mapa de ese camino con mis manos hasta volver a tus caderas, esta vez por debajo de tu ropa, te estremeciste y algo tembló en mí, la fuerza de tus latidos disparados empujaba tus senos contra mí.

— ¿Puedo cargarte? — te pregunté mientras te mordía la oreja, pero no esperé una respuesta, recibí tus piernas alrededor de mi cintura, las sentí estrujarme, exigirme, empecé a empujar tus caderas contra mí, miré la cama, te escuché un gemido ahogado, y con eso cayeron mis defensas.

Entonces de golpe nos detuvimos.

— No quiero que pienses que es a eso a lo que te traje — te dije, soltándote y agarrándome con fuerza a la mesa para no arrancarte la ropa ahí mismo.

Te dije al oído — Te amo, quiero que te quedes conmigo para siempre, ¿sabes? Siempre — nos besamos despacio, corto, te alejé, como temiendo regresar al principio.

— Además está tu familia, no quiero causarte problemas.

Nunca había dicho nada tan cierto mientras me arrepentía tanto.

El depa tiene una luz horrible, que de por si no alcanza para hacerte ver mal (nada lo hace), pero yo soy más viejo en esa luz, más acabado, ridículo.

Te veo alistar los muñecos que me costó recorrer medio Lima para conseguir, me causa una ternura que sobrepasa mi vergüenza: imagíname así canoso preguntando en las ferias de Grau por colecciones completas de Hirono, emocionándome de encontrarlos, de entregarlos tartamudeando como un niño, sabiendo que son demasiado.

Y aún así dártelos porque mi obsesión no soporta la idea de algo incompleto.

No es la primera vez, miro al suelo, niño reincidente, te paras y me preguntas si puedes abrazarme, sonrío mientras digo que sí con la cabeza, nos besamos mientras nos miran los muñecos, ofrendas con las que creo que te invoco, mientras tus besos me dicen que no es para tanto, que te encanta venir a perder el tiempo aquí conmigo.

Recojo tu regalo del sillón, lo observo, es una llamita peluda, desgreñada como tú después de besarnos — Le pondré Ollama, lo sé, es raro ¿Qué puedo hacer? Mi perro se llama Json — te digo mientras guardo la llamita en mi morral y abro la puerta.

En el pasillo se prende una luz y me incomoda, te prefiero a oscuras, solo los dos.

Subimos al ascensor y me desesperan los números, te canto muy despacio al oído, cumpliendo una promesa, con urgencia, sin tiempo de escoger como en whatsapp, siento tu cuerpo abandonando su peso a mis brazos, te volteas y me besas, bombeas sangre a través de mí, te empiezo a besar el cuello y me invade tu olor, hueles a frutas y a canela, como pastelería francesa, el París que deseas, al que me arrastras.

Pero aún no es primavera, solo eres tú y eso me basta.

No puedo evitar llorar por que te vas, te abrazo más fuerte para ocultar mis lágrimas, te las llevas contigo.

El último regalo del día de hoy.

En el lobby hice lo más pesado de esa noche: dejarte ir. Me aferré unos segundos a tu cabello enmarañado y crespo, largo como (ahora sé) siempre había soñado, pero nada detiene la garúa en Lima, ni siquiera tocarte.

Te besé bajo la garúa antes de que subieras al taxi, me agarré de la columna de la entrada para resistir la urgencia de irme contigo (igual, parte de mi se fue) y me despedí, te vi desaparecer al doblar la esquina hacia la vía expresa, me senté derrotado en la berma del jardín, me acariciaba la cabeza un niño que bajo la garúa se quedó quieto tragando saliva con los puños cerrados.

Nos apagamos como cigarros en esa garúa sucia de Lima.

— Si subo, habrás terminado de irte — me dije, garuaba, pero eso nunca me ha parado en la huida, no necesitaba regresar a ese recuerdo, no tengo la fuerza, podía estirar este limbo todo lo que quisiera.

El niño se agachó hasta mi oído y me preguntó — ¿No nos vamos con ella? — Cerré los ojos y la mano desapareció, ahora, solo, es cuando puedo hacer bulla al llorar, esta noche, en toda cama a la que vuelva, te volveré a ver.

Al ritmo del metrónomo fallido en mi pecho, empezaré a sacrificarte cosas, esos cigarros negros, cigarros de canela, perfume de imitación.

Temo que si sigo aquí, invocándote, alguien podría concederme ese deseo, ser miserable, alegrarme, consumirte, amor, es mejor ir yo a buscarte, perderme hasta que mi voz no te alcance.

— No, gracias, no quiero esa basura mentolada — un cigarro no debería saber a sandía — no más grifos.

Ahora, tambaléandome por el resto de Lima, escudriño los rincones por un cigarrillo sabor canela que calme el temblor de mis dedos — no sabía que la abstinencia pudiera ser también una sensación nasal.

Siento algo en mi pecho, como si mis latidos fueran más largos de lo normal, vacíos, me falta la sangre que te robaba. Me tropiezo por tu falta, mis manos tratan de asir las cosas como si fueran tu cintura.

No sé si he despertado al besarte, o si me estoy reinventando, incluso desde tan lejos te orbito como un centro.

A San Isidro le falta el humo de mis historias, desde un tiempo lejano unas manos me arrastran al inicio, a buscarnos.

Un auto negro me cierra el paso, siento un mareo y me fallan las piernas, pero es mi taxi, no el tuyo. Pequeña hipocresía, te seguía esperando.

Me pregunta si soy yo, pero mi nombre ya son solo letras que no entiendo, me has reducido a un diminutivo y mi cuerpo te obedece.

Así que me subo en silencio.

Abro la ventana para sentir la brisa en mi rostro, pero hoy Lima huele a pescado, a sal, no a sirenas, las únicas sirenas presentes las escucho a lo lejos, seguro atrapando a alguien en Butters. Está nublado, es tarde, ahora es tarde, antes hubiera sido el inicio de la noche. Paso por la Vaca Negra, cerrado, un grifo, otro, pero los grifos no tienen lo que quiero, pasamos Butters, una camioneta policial, sus luces me dañan la vista.

Ahí están tus sirenas, me burlo de mí mismo.

Pasando Balta, veo una parte de mí fuera del taxi, abro la puerta para recuperar mi abrigo, un taxista alarmado voltea a verme, no pienso tirarme amigo, un par de cuadras de Piérola, llego al Tizón, antro miserable pegado al Dragón, donde los venenos de 5 soles te cagan sin culpabilidad el hígado, es el lugar adecuado.

Las luces de neón en la barra me distraen al ubicar al bartender, aquí la noche recién está empezando pero el lleno es total, el calor de los cuerpos me hace sentir incómodo, mi abrigo se enreda con sillas, con mesas que tienen astillas salidas, me apoyo en la barra, alguien empuja, me roza, no hay problema, mis cosas están en mis bolsillos interiores.

— ¡Amigo! — intentó llamar la atención gritando, pero no me contesta, está atendiendo unas flacas más arriba — ¡Oe Brother! — insisto, más canchero, me empujan de nuevo, pidiendo chelas, venenos.

El bartender me hace un signo con la mano, se acerca, me mira mientras intento explicarle — Son unos cigarros marrones… huelen a canela — me empujan de nuevo — ¡Carajo! No a ti no bro… se llaman x-tra, son delgados — me mira extrañado por un segundo.

Unas palabras me tiran al centro de todo — Maestro, no vendemos eso aquí, quizá en el boulevard encuentre hierba, aquí los bares no venden esas cosas — ¿Maestro?, se va a atender a otras flacas, y es como si me encontrara fuera del círculo, ya pasaron mis 15 segundos. A empujones me largo del lugar.

— ¡Doctor! ¡Doctor! — Me dice una ambulante en la puerta apenas salgo, ya es la segunda vez que me llaman por una profesión esta noche, le contesto con la voz más suave que puedo sin sonar a Michael Jackson — ¡Señora! Estoy buscando estos cigarros que huelen a canela, son marrones, se llaman x-tra, seguro los conoce — le sorprende mi falsete, me mira una vez más.

— Joven, no se de cuales me está hablando, no conozco esos — me dice como si fuera un terna — pero quizá mi vecina sabe.

Me señala a otra señora que tiene una carretilla, veo envolturas de cigarros pegadas en la tapa de su carretilla y me acerco esperanzado.

— Casera, estoy buscando unos cigarros con olor a cane… — veo en la tapa la envoltura pegada, se la señalo con el dedo — ¡Estos casera! Dame una cajetilla.

— Señor, yo no vendo esos, eso lo pegó mi Mamá antes de darme esta carretilla.

Respiro fuerte para no atacar a nadie, entonces empezó a garuar de nuevo, un puñetazo hubiera dolido menos.

— ¡Hey Dal, yo tengo lo que estás buscando! — Escucho una voz conocida, me volteo a ver.

— ¿Búho? Pero tú…

— ¡Pero si es el gran Dalvenjha! Sigues usando abrigos, pero te veo acabado amigo.

— ¡Intenta mantenerte joven trabajando, al menos aún tengo pelo! — pareciera que no hubieran pasado los años por él — aún vendes tonterías, incluso después de…

— ¡No lo digas! — suena un claxon, lo jalo de la pista.

— ¡Ja! Anda a trabajar de verdad — le digo con un cariño que no creía ya tener dentro.

— ¡Me alegra haberte encontrado antes de irme! — La música del Tizón escapa un poco, creo que está pasando “Cuidado” de Psicosis.

— Irte a…

— Me voy de viaje amigo, fuera de Lima, ya sabes dónde… ¡vamos a buscar la merca, la tengo escondida a la vuelta!

— Claro, pero no estoy buscando…

— Se lo que estás buscando, estás apestando a chocolatada, vamos…

Nos metemos por un callejón estrecho lleno de negocios con luces de neón, el suelo está húmedo, pero nada que me haga temer por mi abrigo, algunas personas me miran con sospecha, pero desvían la mirada.

Lo veo detenerse y meter la mano en la pared, estirarse para buscar algo, encontrarlo. Me lo trae con una sonrisa que no veía hace décadas.

— ¡Toma! Justo lo que necesitas — estoy por agacharme y me dice — ¡Hey! Se caleta amigo… — me meto la manos a los bolsillos para buscar plata, me detiene el gesto de sacar una.

— ¡A los amigos no se les cobra! Sólo acuérdate que te hice un favor… — me volteo para no levantar más sospechas, empiezo a caminar.

— ¡Vamos! — Le digo y salimos del callejón.

Ya fuera de ahí, siento un golpe de nostalgia, saco las manos de los bolsillos, en una tengo una envoltura vacía de galletas Charada sabor maní, en la otra el billete que iba a ofrecerle, jajaja, ese huevón siempre mintiéndome.

Paro un taxi — ¿A Berlín con Diagonal? — me subo, miro por la ventana a la calle con las ambulantes sin clientes.

— Buen viaje, amigo.

El viento y la garúa me golpean un momento como un ataque de realidad, pero eso es lo que me gusta, el cielo no tiene ninguna estrella, no tengo manera de buscarte aunque quisiera.

— ¿Entonces estamos yendo a buscarla?

— No podemos, hay personas… no es tan fácil, podrían hacerle más daño, yo no quiero… ella no es tan fuerte… se alejará…

— Pero es lo que quieren los dos.

— Si me apuro… podría…

— ¿Podrías qué?

— Podría…

— No

Vuelvo a mirar a la calle, el aire me golpea la cara, miro al cielo, aún no hay estrellas.

El taxi se detiene en la puerta del Molly’s, me bajo y me quito los lentes para sentir la garúa en mis ojos, le extiendo un billete al taxista que me mira con los ojos entrecerrados, después de unos segundos me extiende unas monedas y levanta la cabeza, es una figura borrosa, me pongo los lentes de nuevo.

Se va, me quedo solo, iluminado por las luces naranjas de Lima.

— ¡Mister! ¿Se perdió? Esto es Berlín, no Dasso — me saca de la luz naranja el de seguridad, pez en otras aguas, ya ni me dejan nadar.

— ¿Qué hablas brother? He venido a celebrar mi ascendencia irlandesa, ahora, permiso — me seco el cabello mientras entro al Molly’s.

Veo que hay mesas libres, es un poco oscuro, pero no lo suficiente, a pesar de la hora hay espacio en la barra, pero un grupo toca en vivo covers de rock en español, me gusta, pero preferiría quizá Interpol o The Strokes, ellos están escuchando Soda contentos, yo soy Matusalem.

— Me das un negroni, por favor — sentándome en la barra — ¡Un negroni amigo! — repito más fuerte, el bartender me mira, se me acerca.

— ¿Un negroni, mister? — me pregunta.

— No, un cosmopolitan…

— Pero creí escuchar negroni, ¡no se escucha bien aquí!

— Si, un negroni bro — no le parece graciosa mi broma, me sirve un negroni que tampoco me parece gracioso, pero el que pidió un negroni en un bar irlandés ¿no fui yo?

— Hola guapo ¿Estás solo? — guapo, esto es nuevo, me volteo a ver con que clase de pepera estoy tratando, pero me llevo una sorpresa, es una flaca bastante joven y bastante ebria por lo demás.

— Mi mamá me dijo que no hable con extraños — uso una voz cortés, medida — y tu papá debe haberte dicho algo similar al recogerte hoy del colegio — no tengo edad para estarte conversando.

— ¿Cuántos años tienes?

— Suficientes — me contesta con voz que intenta ser sarcástica.

Me dice algo que no llego a escuchar bien, mientras se ríe exageradamente, están cantando a toda voz "nada personal", veo que tiene un tarro de cerveza más grande que ella, es mejor hacer algo antes de que me agarre la pierna.

— ¿Sabes? Estoy buscando algo esta noche, quizá puedas darme una pista — le digo casi gritando, la gente está coreando los covers.

— ¿Qué dices? ¡No te escucho bien! ¡Podemos irnos a otro lado si quieres!

— Claro, apúntame tu dirección aquí — le doy mi celular con el uber abierto, ella apunta mecánicamente.

— ¡Cóbrate! — le extiendo un billete que saco de mi bolsillo al bartender, que viene con un recibo.

— Señor, ¿Qué es esto? — me reclama mostrándome la envoltura de Charada de maní.

— Perdón, dame eso, es importante — le extiendo un billete real esta vez, guardo el vuelto y el empaque en mi billetera, siento una vibración, veo mi teléfono, el Uber está cerca.

— ¿Vamos? — le señalo la puerta a la chica.

Salimos, la garúa me refresca, saco a Ollama de mi morral, le acaricio las greñas, por un momento es demasiado, hago una pregunta.

— ¿Le regalarías esto a un novio?

— Si no lo quiero mucho — piensa que me estoy quejando — osea, no es muy original, ¿No?

— ¿Y si soy una persona muy simple?

— No eres una persona simple.

Veo llegar el taxi y me volteo a preguntar de nuevo — No tengo esperanza de que sepas, pero igual debo preguntarte: ¿Sabes dónde venden unos cigarros negros que huelen a canela? — listo, este lugar está marcado ya.

— No tengo idea de lo que me estás hablando.

— Of course not — abro la puerta del taxi y la subo, se acomoda al otro lado, pero cierro la puerta conmigo afuera.

— Tengo algo que buscar, no puedo ir, pero tengo tu dirección, cuando acabe te busco, así que espérame en casa — ella asiente con la cabeza como un cachorrito.

Avanzo un poco y le muestro al taxista mi celular, nos miramos, sabe que implica. Se van.

Hay algunas ambulantes afuera del Houlihan’s esperando transeúntes, me dirijo despacio hacia ellas, pero a mitad de distancia me detengo.

— ¿Qué estoy buscando aquí?

Detengo un taxi — Quilca con Wilson — me rechaza, paro otro — No voy allá — me dice, como si le fuera a robar su huevada, un tercero se detiene, me pide más de lo razonable.

Me subo en silencio.

Existo en este espacio cerrado para recordarte, más que un viaje es la suma de fracasos anteriores de tratar de encontrarte en lo que no eres tú, evitando el lugar donde siempre supe que podrías estar, en mi pasado.

Pero no eres la misma, es la misma idea, ¡demonios!, no eres original, por que yo ya llamaba Canelita a alguien más, pero eso no es tu culpa, es mi ausencia de imaginación, es el hecho de que quiero reemplazar contigo una historia de choques, fabricar una memoria a mi medida, como quien pone a propósito Fake Plastic Trees cuando sabe que va a besarte y llegar al final, para olvidar que con esa canción abandonaste a alguien mientras te pedía piedad.

Saqué a Ollama y le acomodé la greña, siempre se está despeinando. Lo saco por la ventana conmigo, el aire nos golpea con la garúa que arrastra, pero esta vez, por fin, no estoy solo, alguien me quiere, Ollama existe, mira las luces de neón conmigo, el Real Plaza, el par de vendedoras de emoliente aún afuera.

Todavía es temprano. Pero ya estamos llegando.

Pensándolo bien, esto es mentira, así que no te enojes ¿ok?

— ¿Está seguro de que baja aquí? — me pregunta preocupado el taxista — ¡Tú qué sabrás! — Abro la puerta y regreso a mi decadencia primaria.

Cierro los ojos y vuelvo a los tuyos sin lentes, tan cerca como en el cuarto, esta cercanía abrupta me hace tambalear, el mareo convierte las luces en manchas, los sonidos se confunden en un grito que nunca se me fue del todo, en medio de este asfalto, encuentro la textura de un pasado que voy reescribiendo contigo dentro.

Camino bajo las estrellas naranjas, las reparto siguiendo tus lunares, me arden los labios, quieren borrar los besos del pasado, aún no saben que son lo mismo.

Nunca hubo otra Canelita, siempre fuiste tú.

Paso por Quilca, el Averno cerrado para siempre, gente cerca al Salón Imperial, todo el camino huele a orines, una banda tocando al aire libre, no sé qué malas decisiones los llevaron a hacer eso, carretillas de trago.

Emerjo de Quilca a la luz de Plaza San Martín, se a donde voy, cruzo, por la derecha, no me detengo a ver los letreros, se donde está todo, la entrada al Vichama es más larga de lo que recuerdo.

Dentro hay una banda tocando, en un estrado en el cual bailé cuando aún era diseñador, un tipo cantando De música ligera hasta el pincho. Me siento en la barra, en la pared de enfrente, escenas de Ichi The Killer se suceden en silencio, le tomo una foto a la pared, me extraña que no haya un poster de Chainsaw Man, harían juego, pero claro, aún no…

— ¡Me da un Chilcano Azul amigo! — me mira y me extiende un vaso de plástico grueso ya preparado, mi hígado se retuerce, pero no hay vuelta atrás, sabe a pisco Vargas, igual está helado.

Cinco soles bien gastados — Amigo, vengo de un poco lejos — empiezo — estoy buscando algo que quizá vendes aquí.

— ¡Claro brother, dime!

La banda es bulliciosa, así que tengo que casi gritar para que me escuche. Para escucharme yo mismo.

— Estoy buscando estos cigarros con sabor a canela, se llaman x-tra caja marrón.

Se rasca la cabeza, como recordando.

— Puta brother, creo que me suenan…

— Son delgados, negros, si los dejas de chupar se apagan solos ¡seguro los conoces! — le agrego.

Escucho lo que pretende ser la voz de Rafo Raez con la banda, pero es el anti-karaoke, el bartender está buscando en una caja, toda mi atención en sus manos, pero alcanzo a distinguir parte de la letra "Chica canela, chica canela, delgada" se me para la oreja: esa canción es buena, graciosa.

Y yo soy un payaso atrapado aquí.

— ¡No tengo brother! — me dice el bartender, me despierto, estaba a gusto visitando.

— ¡No hay problema amigo! — le contesto levantándome, el pasillo para salir es más largo de lo que recuerdo, afuera sigue garuando.

Saco mi celular y voy a la galería, tengo que irme hasta el final para encontrar la foto que acabo de tomar.

Sonrío, no me atrevo a voltearme.

— Adiós a ti también.

Regreso a Plaza San Martín, saco a Ollama del morral, el viento le mueve el cabello, se desgreña justo como el tuyo, la escondo por miedo a que lo roben, y comienzo por preguntar a una vendedora ambulante:

— ¿Tienes esos cigarrillos marrones con sabor a canela?

— No sé de qué me habla, joven.

No le digo nada más y paso a la siguiente:

— ¿Tienes esos cigarrillos marrones con sabor a canela?

Nadie tiene. Garúa y me voy alejando con mi pregunta, a nadie parece importarle que un loco ande acosando vendedoras por unos cigarrillos que ya no existen.

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Sobre el autor

Luis escribe historias breves, ideas torcidas y pensamientos que probablemente deberían haberse quedado en su cabeza.

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