2026FICCIÓN

Canela

Escrito por Luis

Canela

Cuando me desperté estaba besándote, tus labios suaves sabían a canela, y me trajo recuerdos de cigarros oscuros en tiempos felices, de garúa limeña mientras me escondía de la seguridad con la cara descubierta en esta luz limeña que nos iguala a todos.

Empecé a besar tu cuello, te sentí cerrarte contra mí, tu respiración cargada, tu cabeza hacia atrás, bajé mis manos hacia tus caderas, pero ahí estaba tu ropa. Me detuve por un segundo y acaricié tu espalda, tu piel no me trajo ningún recuerdo —y pensé que desde ahora, cuando encuentre algo suave, volvería a encontrar este momento exacto. Con un poco de miedo volví a bajar mis manos a tus caderas, esta vez por debajo de tu ropa, te sentí estremecerte un poco, la sensación cálida en mi pecho, la suavidad de tus senos apoyados en mí, la cama cerca, y entonces, de golpe, la conciencia me alcanzó y nos detuvimos.

—No quiero que pienses que es a eso a lo que te traje —dije, mientras me moría de ganas de quitarte todo y lanzarte a esa cama—. Además es tarde y te pueden llamar la atención, no quiero causarte problemas.
(Pero sí quiero que te quedes conmigo para siempre, ¿sabes? Siempre).

Nunca había dicho nada tan cierto mientras me arrepentía tanto.

En el ascensor, besándonos, descubrí que no solo sabías a canela sino que olías a canela y frutas. (Canelita, pienso, por una canción tonta y porque la canela es mi olor favorito, quizás por los cigarros.) En el lobby hice lo más pesado de esa noche: dejarte ir. Me aferré unos segundos a tu cabello enmarañado y crespo, largo exactamente como siempre soñé, pero hasta eso me abandonó.

Te besé cuando subiste al taxi, aguanté la urgencia de ir contigo, me despedí, y un niño interno se quedó quieto descubriendo por primera vez lo que pesa una ausencia importante.

Pensé en subir al depa a pensar en ti, pero sabía que si lo hacía la nostalgia de lo recién vivido me invadiría y probablemente me sentaría a llorar tu ausencia, como un sabueso captaría tu olor en todas partes, obligándome a recorrer, cual procesión, en orden, la escena del crimen.

En vez de eso salí del edificio —cuarto creciente, quizá— a buscar un grifo donde hubiera, de casualidad, un cigarrillo con olor a canela. De esa manera podría saborearte sin culpa esta noche, o al menos parte de ti.

Descubro que lo que no es comercial no lo venden en los grifos. Me pregunto dónde conseguir un cigarrillo sabor canela en esta noche de necesidad —no sabía que la abstinencia pudiera ser también una sensación nasal. Mi pecho late incompleto por la falta del tuyo, más expuesto. Me completas, y tu ausencia ya entra en mi sentido del equilibrio: me tropiezo por tu falta, mis manos tratan de asir las cosas como si fueran tu cintura.

He tomado un taxi sin darme cuenta, no sé a dónde he pedido ir, pero sé que estoy pasando casas que no se ven sanisidrinas. Tú me has reducido a un diminutivo y yo estoy feliz con ello, aunque usualmente lo niegue —me complementas haciéndome más pequeño, te orbito en una parábola rara mientras me alejo. A estas alturas no sé si era yo el que despertó besándote o si era yo el arrastrado, o ambas cosas. Ya casi somos el mismo. (Pudimos serlo).

Me bajo en Kilka, sabía que terminaría en algún lado así. Ya no estoy seguro de si estoy buscando cigarros —tus ojos tras los lentes tienen algo de esta noche y yo quiero confundirme, mirar las luces de neón de Tacna, escuchar los ruidos del centro, volver a una nostalgia de un pasado donde hubiera querido que estuvieras, sin cambiar que estás ahora.

Camino bajo las estrellas naranjas, dentro de mí los besos que antes me habitaban se diluyen ante los tuyos, y me entero, ya para siempre, que cuando no estemos juntos esta sensación de ausencia será la norma.

Me siento un poco ridículo, saco mi llamita del morral, la escondo por miedo a que la roben, y comienzo a preguntar a todas las vendedoras ambulantes:

—¿Tienes esos cigarrillos marrones con sabor a canela?

Nadie tiene. Empieza a garuar y me voy alejando con mi pregunta. A nadie parece importarle que un loco ande acosando vendedoras por unos cigarrillos que ya no existen.

Sobre el autor

Luis escribe historias breves, ideas torcidas y pensamientos que probablemente deberían haberse quedado en su cabeza.

Compartir