2026FICCIÓN

Azul Tristeza

Escrito por Luis

Azul Tristeza

Tenía la muñequita colgando del cierre de su maletín... era extraña, pero era un llavero encantador, que siempre acarreaba preguntas y obligaba respuestas llenas de modestia y también vergüenza, algunas personas dirían que demasiadas (tú también pensabas lo mismo), porque las historias, cuando las cuentas, terminan por perder algo de esa magia que les imprime la realidad y esa sensación como de mariposas en el estómago, que acabas por descubrir, sintiéndote casi culpable por disfrutarla, como si fuera un placer casi vedado o alguna práctica onanista que terminas ejerciendo en honor a la soledad (¡y a tu salud!).

La muñeca era azul, sus trenzas eran azules, a diferencia de las demás que tenían las trenzas doradas. Era rara su expresión medio borrosa, y sus ojos mal cerrados le daban un aspecto miserable de tristeza flagrante, sumado a muchísimos remiendos evidentes...

—La persona que te regaló eso lo compró seguramente a un sol en una combi—

Pensabas que quizá el valor sentimental era lo único que iluminaba esa expresión de azul tristeza que acompañaba la tarde rosada en una pésima combinación de frío y melancolía, por estas calles de Lima, tan jodidas cuando no tienes intenciones de regresar a casa temprano, quizá porque era el último regalo que no le habías entregado, y por axioma directo tu sonrisa de muñeca ausente estaría de alguna manera pintada en el reflejo de todas las ventanas que reproducían el atardecer rosado...

Cojudeces tuyas, melancolía de mierda, que se confunde con tu timidez...

Eran las diez y tomaste un carro para escapar de ese día tan patético, tu cita había terminado siendo un total desastre y solo habías logrado extrañarla en los lugares donde veías el rostro ajeno a todo recuerdo, te sentiste desubicado, tonto, triste, intimidado y lleno de vergüenza y justo cuando empezó a garuar sentiste como algo se rompió en el interior, y te dolió, y te hizo falta, y racionalizaste la ausencia, esperaste para sacar a relucir el cinismo y sonreíste, apaciguaste el recuerdo y continuaste como si nada hubiera pasado.

—No tengo recuerdos tuyos aquí, solo tengo tu ausencia en todas partes—

Y la sensación de que toda aquélla tristeza nacía del color azul de la muñeca triste que colgaba asombrada y horrorizada de tu viejo maletín, mientras te disponías a disparar indiferencia a todos menos a tu reflejo, elegiste la combi más vacía y confortable y te dedicaste a ver el paisaje de regreso a casa.

En las lunas de los carros compruebas que las teorías más descabelladas suelen tener razón, empañas las ventanas y lees lo que tú mismo has escrito:

«He escrito tu nombre en las ventanas de todos los buses que se empañaban
con mi propio aliento, para tenerte cerca, para recordar tus letras, o solo
para masoquearme mirando las sombras del reflejo cansado de mis ojos rojos».

Me olvidé mencionar que llevo tu recuerdo ahorcado del lado derecho del maletín, para poder observarlo, te he vestido de azul, y he comprobado que la tristeza te sienta bien, porque nunca he tenido tiempo de pensar en tus palabras dejando de lado el egoísmo...

Son las once y corro a buscar una tienda con teléfono abierta, pero todo es infructuoso hasta las once y media, llamada clásica, pero algo siempre sale mal, no quisieras abordar en detalles, supongo que no sé hablar bien. Confirmo con la mente que es la última vez que llamo desde un teléfono tan azul, tiro la muñeca al pasto y me voy camino del otro lado, hora de irse y dejar el azul atrás.

No ha pasado ni siquiera un minuto, y no entiendo... tengo la muñeca de cara borrada en las manos, la acomodo con cuidado, y le limpio la hierba de la trenza, luego vuelvo a pensar que toda esta tristeza de mierda se debe al color azul que se impregna hasta en mis dedos, azul tristeza que se queda pegado a mi retina roja...

Sobre el autor

Luis escribe historias breves, ideas torcidas y pensamientos que probablemente deberían haberse quedado en su cabeza.

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